Tener buen gusto no es malo. Que la gente se arregle antes de las fiestas; que gaste unos pesos en un buen traje o vestido; que las mujeres vayan al estilista de su agrado…
Hay ocasiones que se lo merecen; ¡oye!, no siempre se casa tu hermano, ni cada semana se gradúa tu mejor amigo. Pero el buen gusto no se limita al adorno del cuerpo; comprende también la elegancia del alma. Pues, así como no es un despilfarro engalanarte para la boda de tu hermano, tampoco es un derroche dedicar unos minutos para la limpieza de tu alma.
Ahora que se avecinan las fiestas de Pascua, es una ocasión más que justificada para que los cristianos nos sometamos a la “otra estética”: la confesión. Hay que revestir el alma con las sedas de la gracia por medio de este sacramento. ¡Hay ocasiones que se lo merecen! No nos podemos presentar durante la Semana Santa con Nuestro Mejor Amigo con los trapos ordinarios o en harapos. En primer lugar, porque desdice de la elemental educación: a las fiestas se va bien vestido.
Qué disgusto ver almas manchadas por impurezas e infidelidades; desarregladas por su pereza y comodidad; con el mal aliento de las groserías, mentiras o difamaciones. En segundo lugar porque es muestra del aprecio y amistad que manifiestas hacia la persona festejada. ¡Qué te importará Cristo cuando acudes al culmen de su carrera con los trapitos sucios del alma!
Además, no es tan difícil. Hay sacerdotes diversos como distintos son los estilistas; los hay para todos los gustos. Puedes acudir a tu parroquia más cercana o al sacerdote que tengas más confianza. Y encima, ¡es gratis! Alguien ya ha pagado por ti y te ha dejado crédito ilimitado. O ¿puede haber algún pecado que sea mayor que la sangre derramada por Cristo? El único pecado que no se te puede perdonar es aquel del que no quieres pedir perdón.
Así que en estas festividades no te prives del toque de la gracia. Ve por tu nuevo “look” y ponte a la moda, que se avecina la Pascua.