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Perdónanos, como nosotros también perdonamos

FUENTE: VIVE LA SEMANA SANTA
Autor: José de J. García

"Perdona nuestras ofensas".  Esta petición de la oración del Señor se encarna en nuestra vida. Somos conscientes de nuestra debilidad, de nuestro pecado;  nos falta la paz y la serenidad que Él nos regala cada vez que acudimos al sacramento de la confesión y le pedimos perdón.
Sabemos que Dios nos perdona siempre y a pesar de todo.

Para Él es suficiente que nos arrepintamos de nuestros pecados, que regresemos a sus brazos que están siempre abiertos para estrecharnos. De la ofensa, ni siquiera hace mención, porque Él es el Padre de las misericordias y se revela tan bueno con nosotros como lo hizo con el hijo pródigo.

¿Qué es perdonar? Perdonar consiste en donar más. Por ello, Dios es quien da el perdón por excelencia. Él nos ha creado, nos ha dado la vida, el mundo, nuestra familia y le duele que muchas veces nosotros le demos la espalda, lo rechacemos, le escupamos en la cara y le digamos que no nos interesa. Él tiene la mano estirada que nos presenta todo lo que nos quiere regalar. Si lo rechazamos, Él no retira la mano, no la cierra, la pone más firme, tanto que decide sostenerla con clavos para decirnos que siempre la quiere tener abierta. Dona y luego perdona. Ésta su lógica, la lógica del amor.

Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. ¿Rezamos conscientemente esto? Con estas palabras hacemos un “trato” con Dios. Le pedimos que nos perdone “siguiendo nuestro ejemplo”: Dios mío, así como yo no guardo rencor contra los que me hacen mal, te pido que Tú tampoco tengas presentes mis faltas. Pero, ¿es esta nuestra experiencia?

No es difícil aceptar las disculpas de quien, sin intención, nos empuja en la calle o nos da un pisotón. Nadie guarda rencor por estas pequeñeces. Este tipo de situaciones se llegan a olvidar. Sin embargo, nuestras reacciones son muy diferentes ante la traición de alguien que pensábamos que nos estimaba, ante el falso testimonio que destruye nuestra fama, ante el mal que otros nos causan. Hemos donado, y en la lógica de Dios, al donar sigue el perdonar.

Tenemos muchos ejemplos de la vivencia del perdón. El Juan Pablo II no guardó rencor contra Ali Agca, el joven turco que quiso quitarle la vida, sino que él mismo fue a visitarlo a la cárcel y a ofrecerle su perdón. Otro testimonio es el de Debbie Morris, una chica que con 16 años fue secuestrada y violada por Robert Willie y Joe Vaccaro en Madisonville, Estados Unidos, y que después de un período largo de sufrimiento obtuvo de Dios el don de perdonar a sus agresores. Uno de los cuales uno fue condenado a muerte y declaró lo siguiente: “La justicia no ha hecho nada para curarme. El perdón sí”.

Juan Pablo II y Debbie Morris experimentaron la felicidad de perdonar. Perdonar no es debilidad sino fortaleza de Dios. El que perdona, ama y es feliz.

En determinadas circunstancias resulta muy difícil perdonar; pero lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Como decía Juan Pablo II: "No olvidar es ley de la historia, perdonar es ley de Cristo".

Pidamos a María, que vio a su Hijo sufriendo en la cruz, que nos enseñe a perdonar como ella, que vivió aquellos momentos de prueba, de soledad y de amargura. Recemos conscientemente la oración que Cristo nos enseñó: "Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden".



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