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Orar con sencillez
FUENTE: VIVE LA SEMANA SANTA
Autor: Ernesto Márquez
¿Monja la Virgen María? ¿Fraile san José? A veces pensamos que la casita de Nazaret era un convento. Pero en realidad en este lugar sólo habitaban personas normales. José, María y el Niño. Ellos comían, trabajaban, dormían y bromeaban, como todos. Lo especial en esa casa era precisamente que no se hallaba nada extraordinario Qué facilidad tenemos los hombres para complicar las cosas simples. En vez de mirar a los santos con sencillez, como fueron, los pintamos en nuestra imaginación con vidas rebuscadas. Los llenamos de sacrificios, ayunos, caras largas y serias y recitando interminables y aburridas oraciones. Sin embargo, contemplando a María y a José, notamos que las cosas no fueron así, y menos aún en su vida de oración. En el ambiente hogareño de la Sagrada Familia la oración era sencilla, sobre todo para la Virgen y el buen José. Cuando hablaban con Jesús de cualquier cosa, hasta la más trivial, se encontraban rezando, pues la verdadera oración consiste en hablar con Dios. A nosotros, en cambio, en ocasiones nos cuesta orar. Sin embargo, la oración es sencilla cuando actuamos como José y María. Es decir, ellos al hablar con el Niño ya estaban rezando. Nosotros al rezar sólo debemos “hablar” con Cristo. Contarle a Dios lo que nos pasa en casa, en la oficina, el colegio, con los amigos. A veces nos da vergüenza referirle nuestras cosas ordinarias. ¡Como si Él no hubiera sido tan hombre como nosotros! ¡Si se preocupó incluso de que no se acabara una boda por falta de vino! A ejemplo de los padres de Jesús podemos aprender que no es necesario un templo para rezar. El coche, la oficina, o la propia habitación e, incluso, la calle, son lugares en los que nos podemos unir a Él. También nos ayuda acudir con frecuencia a la iglesia o a una capilla a dialogar con Aquél que sabemos que nos ama.
Orar no es fácil, porque nos exige entrar dentro de nosotros mismos. ¡A quién no le asusta verse tal cual es! Pero es sencillo porque es una conversación entre amigos, de corazón a Corazón. Es dialogar con Aquél que no sólo nos conoce a la perfección, sino que además nos acepta como somos y nos ama como nadie. Este diálogo en ocasiones no necesita muchas palabras. Puede servir un sencillo Padrenuestro o Avemaría, una jaculatoria o un coloquio espontáneo, pero siempre con sencillez. Y cuando las palabras sobran, basta un silencio que Dios sabe interpretar.

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