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Una Entrada de Campeón


Autor: Marcelino de Andrés Núñez

Todos hemos sido testigos de alguna entrada triunfal. Por ejemplo, en el mundo del deporte cuando cualquier selección nacional o competidor individual del deporte que sea vuelve a casa con algún trofeo significativo.

En ocasiones como ésas, vemos cómo muchas veces grandes masas de gente reciben a los triunfadores y los envuelven en aplausos y ovaciones. Es un modo de reconocer y premiar su esfuerzo y el buen papel que han desempeñado en representación del propio país.

Esto ha ocurrido a lo largo de los siglos y sigue ocurriendo en nuestros días. Y no sólo en el deporte, sino también en el ámbito político y social, en el mundo del espectáculo, en el campo religioso.

Grandes líderes, poderosos estadistas o militares y otros personajes famosos han ido prolongando hasta nuestros días la cadena de las entradas triunfales que adornan la historia de la humanidad.

Paradojicamente, muchas de esas entradas esconden y conllevan contradicciones significativas.

Cuántos individuos que se encontraban armando un barullo enorme con sus gritos eufóricos de bienvenida y felicitación, a los pocos días están poniendo "pinto" y mandando poco menos que a la tumba a uno o a varios de esos mismos jugadores, al constatar ahora sus errores en el terreno de juego.

Cuántos, contagiados de nuevo por la masa, se vuelven de repente contra sus líderes o ídolos blandiendo con furia actitudes y sentimientos radicalmente opuestos a aquellos con los que acogieron su entrada gloriosa poco antes.
Esto sucede hoy y sucedió hace 21 siglos.

HACE 2000 AÑOS.
Hace dos mil años alguien protagonizó una entrada triunfal imponente. A juzgar por las crónicas fidedignas que conservamos, debió ser algo glorioso.

Fue en Jerusalén. Allí por el año 33 de nuestra era. Jesús de Nazaret, gran profeta en palabras y en obras, montado sobre un burro, entraba triunfalmente en la gran urbe, en la ciudad santa.

Por lo que cuentan los testigos oculares, la algarabía fue mayúscula. Uno de ellos, Mateo, comenta que una gran muchedumbre empezó a rodearlo extendiendo sus mantos y ramaje de los árboles a modo de alfombra, por donde iba pasando. Y esto era sólo el inicio...

El tumulto engordaba visiblemente segundo tras segundo. Fue corriéndose la voz a un ritmo de vértigo. La gente empezó a enterarse de que llegaba aquel a quien se le atribuían milagros y curaciones fuera de serie; aquel que había resucitado muertos, limpiado leprosos, devuelto la vista a ciegos y el habla a mudos; aquel que había dado de comer a miles con unos cuantos panes y dos peces.

Y el revuelo siguió avanzando incontenible como pólvora encendida. Hasta tal punto que, como asegura el mismo Mateo (que estuvo allí), "al entrar a Jerusalén, toda la ciudad se conmovió".

Toda, hasta los muros de sus casas y las piedras de sus calles parecían inquietarse como queriendo también ponerse a gritar.

Tal debió ser la conmoción general que algunos fariseos (enemigos del gran Profeta) le instaron a que reprendiese y silenciase a sus seguidores. A lo que el mismo Jesús respondió: "les aseguro que si estos callan, gritarán las piedras".

Total, que hasta sus mismos enemigos, no pudieron menos que recriminarse unos a otros: "¿ves cómo no adelantas nada?, todo el mundo se ha ido tras él". Esto último lo cuenta Juan, que lo vivió y sin perderse detalle.

Es innegable, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén parecería haber sido un éxito rotundo y aplastante a más no poder.

Pero la paradójica contradicción que ha acompañado a tantas entradas triunfales, marcó asimismo al Jesús de Nazaret.

PERO NO TODO ES FELICIDAD.
A Jesús le tocó a su vez comprobar que el fervor contagioso que se apoderó de la masa aquel día, no llegó al corazón de muchos; se quedó en la piel y se esfumó como neblina pasajera.

Jesús también constató cómo muchos de los que extendieron sus mantos por aquel camino ante el paso de su cabalgadura, lo hicieron horas después, con igual reverencia, ante el paso de sus efectivos reyes: el dinero o el placer.

Él tuvo que encajar en su ánimo el despiadado golpe de aquellos gritos desaforados: "¡Crucifíquenlo!, ¡Crucifíquenlo!", dichos por las mismas bocas que unos días antes le cubrían de "vivas" y "hosannas". Amarga paradoja. Sin duda.

Y CADA AÑO ES IGUAL.
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se conmemora cada año con la celebración del Domingo de Ramos.

La historia puede repetirse como siempre; la contradicción, incoherencia y traición están latentes, a menos que este año nos decidamos a dar un giro a nuestra vida.

Es importante ser fieles a lo que somos, a nuestros principios y creencias, a la familia, amigos y a nuestras propias responsabilidades, echando mano de la confianza y del amor que damos a los demás. Esto con la esperanza de obtener algún día el triunfo definitivo.



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