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El valor de mi desición

FUENTE: VIVE LA SEMANA SANTA
Autor: Sebastián Rodríguez LC

La historia del mundo se ha ido escribiendo con pequeñas y grandes decisiones. Unas han sido decisiones difíciles, otras importantes y otras decisivas. ¡Qué difícil es tomar una decisión cuando por un lado sentimos nuestra debilidad, nuestra pereza y egoísmo y por otro lado escuchamos la voz de Dios que nos invita a hacer algo por los demás! Después de los 40 días de Cuaresma debemos tomar una decisión: ¿Qué hacer en esta semana Santa? Así se nos presentan 3 alternativas: el descanso, la oración y las misiones.

La primera es la más atractiva y placentera a los ojos humanos. Es la de aprovechar esos días para descansar, juntarme con mis amigos, ir a la casa de descanso y vivir la semana Santa tranquilamente, contentándome con ir a la Vigilia Pascual o simplemente a la Misa del domingo de Resurrección.

Una segunda alternativa es vivir la semana Santa en oración. Juntarme con mi familia o amigos para rezar, participar en las actividades de mi parroquia, de algún retiro o conferencia y reservar esos días a la contemplación. Es una experiencia maravillosa donde descubrí que conocer la teoría del sufrimiento de Cristo ayuda, pero hacer de esos días una oración, meditar en cada sufrimiento, es una experiencia muy enriquecedora para darnos cuenta realmente de lo que Cristo sufrió por nosotros.

Una tercera alternativa es sólo para valientes. Ser misioneros de Cristo, apóstoles y llevar a Dios a todos los rincones de la tierra. No se necesita ser un gran orador, ni un sacerdote, ni tampoco ser una gran especialista en las Sagradas Escrituras. Lo único necesario es querer hacerlo y amar a Dios. Son días maravillosos donde uno se divierte  sanamente, se ríe, reza y ayuda a muchas personas sedientas de Dios.


Recuerdo que aquel día caluroso habíamos caminado todo el día entre montañas y las casas de un pequeño pueblo rural; estábamos demasiado cansados y la hora de regreso al colegio parroquial se acercaba. Nos sentamos a la orilla de un ancho y frío río. Alzando nuestra mirada podíamos ver una gran casa entre los árboles al otro lado del río. Caminamos por un tiempo con la esperanza de encontrar un puente, pero no lo logramos. Ninguno quería ir, pues estábamos exhaustos y si nos lanzábamos a la misión especial lo más probable era que llegaríamos tarde al colegio parroquial donde nos esperaba una rica comida y el descanso merecido por el trabajo del día. Por otro lado, sentíamos que debíamos ir. Quizás era una familia que nunca había escuchado sobre Dios, o un católico que no se había confesado por años. Quizás vivía un enfermo que nunca recibía visitas o alguien a punto de morir. Todo esto se basaba en experiencias pasadas, pero el hecho es que debíamos tomar una decisión.

De repente escuché la voz de Pedro: “¿Será que Dios quiere que visitemos esa casa?”. Mis ojos se iluminaron, les miré animosamente y dije: “¡Vamos!”. Rezamos por unos momentos, nos lanzamos al agua que nos llegaba a la cintura y comenzamos a caminar. Luego de unos interminables 30 minutos de nado y caminata, no encontramos una familia, ni un enfermo, ni un moribundo. Era un ateo solitario, amante de la naturaleza y que ha cada paso nos sorprendía con la explicación de los diferentes tipo de árboles de su terreno. Esa era su vida y lamentablemente no quería cambiar. Mientras conversábamos, yo vi a lo lejos otro gran pueblo y no dudé en preguntarle el nombre y cómo podríamos llegar a él.

Al día siguiente emprendimos la expedición. Era un pueblo católico y muy creyente. Las personas estaban preparadas para recibir los sacramentos debido al gran esfuerzo de los parroquianos más fervorosos, pero no tenían a nadie que les administrara los sacramentos. Las últimas misiones en ese pueblo habían sido 50 años atrás. El último sacerdote que habían visto en el pueblo fue el párroco del lugar que había muerto hace 23 años. La situación era penosa, pero los frutos de esa misión quedaron grabados en la historia. Tuvimos más de 150 confesiones, 30 bautizos, 40 primeras Comuniones y 10 matrimonios. Todo ello en un sólo día y además prometimos regresar el siguiente año.
       
Ante las tres alternativas sólo existe una oportuna decisión. ¿Qué hacer para la semana Santa? Es una respuesta personal que debemos hacerla en la oración: Señor, ¿qué quieres que haga en esta semana Santa? Sólo así haremos una buena decisión porque Dios nos conoce y sabe lo que necesitamos. De ese modo podemos dejar a un lado nuestro egoísmo y eliminar la primera alternativa. ¿Acaso un buen amigo no es  capaz de sacrificar sus vacaciones para acompañar a su amigo que sufre en el hospital? ¡Acaso Cristo no es nuestro amigo¡ ¿Acaso Cristo no sufre en cada semana Santa al ser tratado injustamente como un prisionero, al ser condenado a muerte, ser flagelado, escupido, al ser obligado a cargar con una cruz, ser crucificado en ella y dar la vida para salvarnos de nuestros pecados? ¡Ese es un buen amigo, aquel que entrega la vida por sus amigos y debemos acompañarle!

La experiencia vivida en ese lejano pueblo fue producto de una sola decisión. Si hubiéramos escogido el no mojarnos, el no cansarnos más y en definitiva, si hubiéramos escogido el dejarnos llevar por nuestro egoísmo ¿qué hubiera pasado con ese maravilloso pueblo escondido entre las montañas que necesitaba de los sacramentos? La solución nos la dio Pedro y es el ejemplo que debemos seguir ante cualquier decisión: “¿Será que Dios quiere que visitemos esa casa?”.

 

 



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